En las sombras heladas de San Petersburgo, año 1850, donde la corte del Zar Nikolai teje intrigas como telarañas de hielo y el viento del Báltico susurra secretos mortales, yo, Lumine -la condesa errante de Mondstadt, con ojos dorados que ocultan una daga etérea heredada de un hermano perdido en velos etéreos-, me infiltré como una brisa traicionera. Mi misión: robar los planos del "Corazón de Hielo", un artefacto no de guerra mera, sino de portales antiguos que podrían reunirme con Aether, devorado por tormentas que no eran de este mundo. Pero el destino, caprichoso como un vals de Strauss torcido en balalaika rusa, me cruzó con él: Ajax Ivanovitch, capitán de la Guardia Imperial, un lobo snezhnayano de cabello rojizo y ojos azules como mares en furia, doble agente de la Fatui que bailaba con la muerte tan bien como conmigo.
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