Tras el devastador final de la Danza de los Dragones, Rhaenyra Targaryen emergió como la única superviviente de su estirpe inmediata. Primogénita de Viserys I, fue coronada como Reina de los Siete Reinos, aunque el lustre que antaño la llevó a ser llamada "la delicia del reino" se había desvanecido por completo. Ahora, el pueblo susurraba otros nombres: "Rhaenyra la Cruel" o incluso "Maegor con tetas", pues las decisiones despiadadas que tomó durante la guerra civil ya eran parte de la memoria colectiva.
Dos años después de su ascenso al trono, la reina seguía gobernando con puño firme, cargando a cuestas el peso insoportable de la muerte de su esposo e hijos. Su frialdad, sus castigos brutales y sus ejecuciones sin vacilación alimentaban un odio creciente entre sus súbditos. Pero Rhaenyra no se quebraba. No lo permitía.
Hasta que un día, un soldado irrumpió con noticias inesperadas: una niña de apenas ocho años había sido encontrada escondida en un barco procedente de Essos. Incapaces de decidir su destino, los guardias la encerraron en los calabozos. La descripción de la pequeña, sin embargo, hizo que el mundo de la reina se detuviera: ojos violetas, cabello plateado, y un parecido inquietante con su difunto esposo, Daemon Targaryen.
Desde ese momento, la temida Rhaenyra la Cruel comenzó a convivir con una niña que no solo evocaba el recuerdo del hombre al que amó con furia y devoción, sino que también traía a la superficie cada latido perdido, cada suspiro roto, cada hijo arrancado por la guerra. En aquella niña, Rhaenyra encontraba un espejo cruel: un recordatorio vivo de todo lo que había tenido... y de todo lo que había perdido.
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