Solambrus, dónde la diáfana luz del sol reina, dónde cada rayo ilumina cada rincón umbroso, dónde las aves cantan y las flores viven; bueno, eso es lo que se decía. Pero la realidad es otra. El firmamento es lánguido y sombrío, la riada siempre parece estar concurrente, dónde el alba aparenta conticinio. La mayor parte del tiempo las personas están abrumadas, el hambre abunda, los colores de la ciudad son glaucos y renegridos. Si el verdadero rey está en su trono ¿a dónde ha ido el sol? Se supone que si el verdadero monarca reina, el sol y la buena vida están vigentes. Las enfermedades no llegan, nacen aquí. El olor es espeso, ácido, se aferra a la ropa y la piel. La fiebre es una vecina constante; entra por las ventanas rotas, se mete en los huesos y los deja temblando como ramas enfermas. Las heridas, incluso las pequeñas, se pudren rápido, negras en cuestión de días, mientras moscas gordas se disputan la carne abierta. Los niños nacen con tos y mueren con tos, y nadie recuerda cómo suena un pecho limpio. Los estómagos gruñen como bestias, retorciéndose con cólicos que duran semanas, hasta que el cuerpo vomita un líquido amarillo que quema la garganta. Las calles son húmedas, torcidas, siempre al borde de pudrirse. Cuestionar al monarca es un delito tan grave, basta un murmullo, una ceja levantada, un gesto de duda para que los guardias te arrastren por las calles húmedas como a un animal enfermo. Pero lo más repugnante del reino no reside en sus mazmorras ni en las cámaras de tortura, sino en la hipocresía pulida con la que el rey y su corte gobiernan. La religión, aquella que predica humildad y luz, es moldeada por sus manos como arcilla podrida. La corte habla de virtud mientras oculta cadáveres, pero el rey dice que todo está bien.
A veces, el verano no empieza con risas ni promesas, sino con silencios incómodos, miradas que duran un segundo de más y emociones que nadie sabe nombrar.
Will creía conocer el miedo. Boris creía haber aprendido a esconderlo.
Cuando sus caminos se cruzan, lo que comienza como bromas, cercanía y una complicidad inesperada se transforma lentamente en algo más profundo... y más peligroso. Porque querer a alguien también significa enfrentarse a lo que duele, a lo que se calla y a lo que otros prefieren juzgar.
Entre centros comerciales, sótanos llenos de recuerdos, peleas que dejan cicatrices y noches que cambian todo, este verano pondrá a prueba lealtades, amistades y corazones que aún no saben cómo amar sin romperse.
Algunas historias no nacen para ser fáciles.
Nacen para sentirse.