El doctor Damian Kessler era un hombre al que cualquiera confiaría su vida sin dudar. Su bata blanca, impecable como una hoja recién planchada, flotaba a su alrededor mientras caminaba por los pasillos del hospital. Su andar era sereno, casi hipnótico; saludaba con una leve inclinación de cabeza, una sonrisa cortés, sin detenerse demasiado. No necesitaba hacerlo. Bastaba con su presencia para que lo respetaran. A las enfermeras les gustaba decir que sus manos estaban hechas de cristal, frágiles a la vista, pero capaces de entrar en un cuerpo humano con una delicadeza quirúrgica imposible de enseñar. Sus pacientes lo recordaban como un hombre atento, de voz grave y calmada, que parecía escuchar incluso lo que no se decía. Kessler tenía un don: inspirar confianza.
Lo que nadie sabía -lo que nadie podía siquiera imaginar- era que esa misma confianza era su disfraz más perfecto. Bajo la máscara de médico salvador, se ocultaba otra vocación: la de moldear la carne y la vida a su antojo, sin protocolos, sin bisturíes esterilizados, sin testigos ni juramentos hipocráticos. Damian no creía en el bien ni en el mal. Para él, las personas eran enigmas de carne, piezas de un rompecabezas que solo él tenía derecho a desarmar. Y lo hacía con la misma calma con la que salvaba vidas en la sala de operaciones. La diferencia era simple: en el hospital lo aplaudían. Afuera, nadie jamás sabría qué había hecho.
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