Desde pequeña supo que sus sueños no eran simples imágenes que aparecían al cerrar los ojos.
A los siete soñó algo que después ocurrió exactamente igual. Desde entonces vivió con la sensación de que sus sueños podían cruzar a la realidad.
Creció entre intuiciones y señales que nunca entendió del todo.
El 22 de junio del 2022, con solo 17 años, todo cambió con un sueño.
Porque fue entonces cuando él apareció por primera vez.
No tenía rostro.
Solo una silueta... y un fondo muy específico.
Una presencia cercana, firme, segura.
Dos sueños.
Dos encuentros borrosos.
Dos llamados silenciosos.
Ella no sabía quién era ni por qué lo sentía tan cerca estando tan lejos de todo lo que conocía.
Pero a los 18, su vida se quebró en dos.
Porque vio un rostro.
Un rostro que no tenía por qué notar.
Un rostro que jamás había visto despierta... pero que reconoció inmediatamente.
Algo en su pecho hizo clic, como si su memoria hubiera estado esperando ese momento desde los sueños.
Una conexión ilógica, intensa, imposible.
Él no sabe que ella existe.
Y aun así, ella sabe que fue él.
El mismo de sus sueños.
El mismo que la esperaba sin saberlo.
A partir de ahí, los sueños regresaron.
Las señales aparecieron.
Las coincidencias se acumularon como si alguien allá arriba quisiera decirle: "Sí, es él".
Esta no es una historia contada desde afuera.
Es un diario.
La forma en que ella intenta entender una conexión que nunca pidió, pero que parece haber marcado su destino desde antes de conocerse.
Saben... es un dolor bonito.
Esa sensación de que algo te pertenece, pero aún no puedes tocarlo.
Un amor que no existe en la realidad -todavía-, pero que en los sueños es tan real que deja huellas.
Un "te conozco, pero no te conozco".
Un "te espero aun sin tener el derecho de hacerlo".
Un "sé que estás ahí, pero no sé si estás esperándome también".
Algo que no tiene palabras porque nació en un lugar sin coordenadas...
¿en la eternidad?
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