A la edad de 5 años, Smart perdió a su madre.
Su mundo se volvió repentinamente silencioso, pero la suerte -o algo parecido a ella- se aferró a él en la figura de su padre: un hombre con un carácter duro, moldeado por el peso de ser CEO de una de las compañías más importantes de Bangkok, pero con un corazón sorprendentemente cálido cada vez que miraba a su hijo. Él fue quien sostuvo a Smart cuando el dolor era demasiado grande, quien lo enseñó a amar sin miedo a perder.
Smart creció así: entre brazos firmes, risas improvisadas y la libertad de ser un niño extrovertido, aventurero, capaz de trepar muros como si quisiera alcanzar un mundo más grande que su propia tristeza.
Cuando Smart cumplió 8 años, su padre volvió a casarse.
Jenn entró a su vida como una brisa suave. Era una mujer de rasgos tan delicados que daba la impresión de hacer menos ruido que el viento. Lo miró con ojos llenos de ternura desde el primer día y lo acogió como si siempre hubiera sido suyo.
Pero Jenn no llegó sola.
Con ella venía Boom.
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