Había un lugar en el desierto del sur que ni siquiera los mapas más antiguos se atrevían a nombrar.
Un santuario perdido, sepultado por el tiempo, protegido por dunas que cambiaban como si respiraran.
Los pocos que hablaban de él lo llamaban la Sala del Sol Dormido, un eco de un imperio que ya no tenía voz.
Allí, entre columnas quebradas y estatuas olvidadas por los dioses, el silencio se mantenía intacto.
No había pasos, ni plegarias, ni cantos.
Solo el peso de los siglos, la quietud del polvo dorado... y algo más, algo que permanecía oculto, conteniendo un aliento que nunca se había marchitado del todo.
Pero el desierto, por muy vasto que fuera, no podía esconder sus secretos para siempre.
Desde las tierras del norte, donde el acero guía a los hombres más que la fe, un regente de mirada oscura comenzó a sentir un llamado.
Un susurro que no pertenecía a ningún mortal.
Un presagio antiguo, tan frío como un cuervo en lo alto de una torre y tan ardiente como la sangre del sol.
Porque no todo lo que se pierde está muerto.
Y no todo lo que duerme, sueña en paz.