El aire de Nevermore siempre olía a moho y a ambición fría.
Larissa Weems, la Presidenta Estudiantil, gobernaba con la pulcritud de una cirujana. El orden que imponía era una máscara sobre el caos, y su secreto más peligroso era la Prefecta a su lado. Morticia Frump, la antítesis perfecta, era la pasión que desafiaba la capa inmaculada de Weems. Su relación prohibida era un vínculo forjado en las sombras de la oficina, donde la disciplina se disolvía en la más exquisita de las transgresiones.
El equilibrio era frágil.
La vampira Arya Edevane como nueva prefecta inyectaba un caos elegante al régimen de Larissa. En los pasillos, Homero Addams prosperaba: prodigio del esgrima, maestro del mercado negro, bendecido con una suerte inigualable y resistencia sobrehumana.
Pero el verdadero invierno llegó con un fantasma del pasado.
El magnate BlackWood, humillado por los outcasts de Nevermore, tenía una nueva jugada. Su venganza no era solo contra Hester y Zephyra, sino contra la academia misma. Había enviado a su hija, Alessandra, como un virus de diseño propio.
Larissa repasó el archivo de transferencia. Manchado por el lápiz labial rojo y brillante de Morticia, solo mostraba un nombre, una fotografía inquietante y un patrón de abandono: Alessandra BlackWood nunca superaba un semestre completo en ninguna escuela.
La pregunta flotó en el despacho, tan gélida como la brisa de los Balcanes: ¿Por qué Alessandra nunca permanece en un lugar? ¿Y si no es una estudiante, sino una amenaza perfectamente calculada?
El telón de terciopelo se alzó. Esta vez, la batalla de Nevermore se libraría con la verdad enterrada bajo décadas de secretos y un romance que no podía sobrevivir a la luz.
Hace más de veinticinco años, en los pasillos góticos de Nunca Más, dos jóvenes estudiantes compartieron un cuarto y un secreto que las marcaría para siempre. Morticia frump, fría, elegante y envuelta siempre en un halo de misterio, y Larissa weems , alta, provocadora y descarada, se convirtieron en el espejo perfecto una de la otra.
Entre ellas existía una tensión que podía cortarse con la respiración: una seducción sutil, casi invisible, de gestos delicados y miradas que decían más que cualquier palabra pero estaban cargadas de deseo. Nunca se atrevieron a dar el paso final, pero lo que sí compartieron fue suficiente para grabarse a fuego en la memoria: miradas furtivas, roce de manos, besos escondidos en la penumbra y la certeza de un deseo imposible de apagar...