Ella era como la Luna, que amaba en silencio a la Estrella más brillante del cielo.
Luzbel fue su primer amanecer, su primer latido, su primer «quédate».
Pero él encontró un sol más ardiente en los ojos de Lilith
y dejó que la Luna se quedara sola colgando en la nada,
helada, eclipsada, olvidada.
Dios, en un acto de piedad disfrazada de castigo,
la bajó al Edén y le dijo:
«Aquí nadie te romperá otra vez».
Y entonces apareció Adán.
Un hombre sin alas, sin luz propia,
pero con una mirada que no pedía permiso para quererla entera.
Él no le prometió el universo.
Solo le pidió que se quedara un rato más cuando la noche terminaba.
Y la Luna, que había jurado no volver a brillar por nadie,
se encendió de nuevo...
esta vez no para iluminar el mundo,
sino para calentarle el pecho al único hombre que nunca la soltó.
Porque hay amores que te eclipsan
y hay amores que te devuelven la luz.
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