Dos años pasaron sin que Jisung abriera los ojos.
Dos años en los que su nombre se volvió una espera interminable, un suspiro contenido entre diagnósticos y silencios pesados.
Cuando finalmente despertó, el mundo no lo recibió con alivio, sino con una sensación desconcertante de ausencia. Su memoria era un hueco oscuro: sabía quién era... pero no quién había sido.
Los doctores lo llevaron al jardín del hospital, buscando que el aire frío despejara la opresión en su pecho. Pero el cielo estaba gris, casi amenazante, como si también estuviera esperando algo de él.
Fue entonces cuando lo vio.
Un hombre, sentado solo en una banca, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en el suelo. Entre sus manos, un ramo de lirios blancos, marchitos en las orillas como si hubieran esperado demasiado tiempo.
No dijo una palabra.
Ni siquiera levantó la vista cuando Jisung apareció.
Pero había algo en su postura... en la forma en que apretaba las flores... en la quietud rota de sus hombros... que hizo que el corazón de Jisung latiera con un sobresalto inexplicable.
No lo conocía.
O eso creía.
Aun así, por alguna razón que su memoria no podía explicar...
la presencia de aquel hombre dolía.
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