Durante generaciones, los Nara solo habían tenido varones. Era casi una ley sagrada, una tradición biológica que nadie cuestionaba. Hijos, nietos, bisnietos... todos hombres. Desde los primeros registros, desde los rollos más antiguos del bosque, no existía un solo nombre femenino entre los descendientes directos del clan. Y aunque muchos lo atribuían a una simple casualidad genética, los ancianos sabían la verdad.
Una hija Nara seria un presagio
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