LA AMISTAD QUE ESCRIBIMOS ©
Se dice que el mundo pertenece a los realistas, a los hombres de negocios y a los herederos de grandes fortunas. Pero en algún rincón olvidado de las ambiciones mundanas, existía un pacto silencioso entre dos rebeldes que preferían inventar el mundo antes que comprarlo.
Por un lado, Oliver Pickwick; un joven de intelecto afilado y bolsillos perpetuamente ligeros que, a falta de oro, poseía el sueño bohemio de emular la grandeza de Charles Dickens. Por el otro, Daphne Catwell; una brillante heredera dispuesta a cambiar los fríos títulos empresariales de su padre por el trazo apasionado de un pincel, aspirando a la inmortalidad de William Waterhouse.
Cualquiera que los mirase desde fuera vería la estampa perfecta de una amistad incondicional. Compartían aventuras, confidencias y el desprecio por las convenciones sociales. Eran el refugio del otro. Sin embargo, detrás del protector escudo de la amistad, Oliver libraba una batalla mucho más encarnizada que el propio acto de escribir. Estaba profunda, trágica e irremediablemente enamorado de su mejor amiga.
Mientras Daphne plasmaba la luz en sus lienzos, Oliver se ahogaba en monólogos dignos de Romeo o Hamlet, buscando las palabras perfectas que nunca se atrevía a pronunciar. Solo su diario conocía la verdad de un fuego que amenazaba con consumirlo todo si ella no lo correspondía. ¿Podrían las líneas de un texto y los colores de una pintura confesar lo que los labios callaban?
La respuesta parecía suspendida en el aire, frágil y eterna, justo antes de que el invierno trajera consigo una sombra inesperada. La llegada de un enigmático caballero alemán, Grayson Histlerlecht, rompería el equilibrio de su pequeño universo, obligando a Oliver a descubrir si la amistad es el prólogo del amor... o el escondite perfecto para los cobardes.
A. G.
Hermosa Ilustración por @moon_greyyy
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