En un mundo donde el hogar no siempre es refugio y la escuela puede ser cruel, Yamaguchi encuentra en Tsukishima una mirada que no juzga, una voz que no hiere. Lo que comenzó como un gesto de defensa en la infancia se transforma, con los años, en un amor silencioso que florece entre cicatrices, pecas y promesas de protección.
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