Hawkins es un lugar donde la violencia se hereda y el silencio aprende a sobrevivir.
Eliza sueña con huir, con reinventarse antes de que el pueblo termine de moldearla a golpes de rutina y miedo.
Billy no sueña: arde. Vive atrapado entre la furia, la culpa y una necesidad desesperada de ser querido, aunque no sepa cómo pedirlo sin destruirlo todo.
Su relación no nace de la calma, sino del reconocimiento: dos almas rotas mirándose demasiado de cerca. Amarse se vuelve un acto peligroso, una danza entre la devoción y el daño, donde cada promesa pesa más que la anterior y cada caricia amenaza con convertirse en despedida.
Este no es un amor que salva.
Es un amor que consume.
Uno que deja marcas, que exige sacrificios, que transforma para bien o para ruina.
Porque en algunos romances, la oscuridad no es el enemigo.
Es el lenguaje.
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