El café y la radio se abrazaron por primera vez en los años 20.
Mientras las válvulas se calentaban y soltaban su primer zumbido, alguien siempre tenía una cafetera gorgoteando al lado. El aroma tostado mantenía despiertos a los locutores de madrugada, y las ondas llevaban ese mismo olor a millones de cocinas donde la gente se juntaba alrededor del aparato con una taza en la mano.
Marcas como Maxwell House o Chase & Sanborn pagaban las orquestas de jazz para que el público asociara cada melodía con el sabor del café recién colado. La radio vendía café; el café mantenía encendida la radio. Eran la misma pausa caliente en medio del frío de la noche, dos vicios necesarios para sobrevivir en la época.
Mientras que uno despierta el cuerpo, el otro mantiene la mente. Juntos, nunca dejan dormir al mundo.
Y eso le parecía perfecto a un demonio que sirve ambas cosas con una sonrisa.
جميع الحقوق محفوظة