Ella estaba destinada a un matrimonio arreglado, un futuro aparentemente perfecto tejido sobre silencios y promesas huecas. El día de su boda, cuando el velo apenas rozaba el altar, él irrumpió como un eclipse: un hombre de mirada oscura, traje impecable y fama manchada de sangre. Frente a todos, sin temer a la ley ni al escándalo, la arrebató de los brazos de su prometido... y la secuestró.
La llevó a una mansión aislada, tan lujosa como peligrosa. Allí, entre pasillos donde el poder respira y las sombras conocen su nombre, ella descubre la verdad:
su prometido nunca la amó... planeaba venderla como moneda de un trato sucio.
Y ese hombre que la secuestró -el mismo que la observa como si fuera su destino y su perdición- llevaba años vigilando cada paso suyo.
Él le confiesa sin pudor que la quiere para sí. No su cuerpo, no sus obediencias... su amor. Un amor que está dispuesto a arrancarle al mundo aunque eso lo destruya.
Pero enamorarla no será fácil. A veces él intenta acercarse, torpe y sincero, cuidándola, protegiéndola, enseñándole que su oscuridad también puede ser refugio.
Y otras veces la hiere sin querer: noches con otras mujeres, fiestas donde el vicio lo controla, decisiones impulsivas que levantan muros entre ellos.
Ella intenta odiarlo. Pero en esa mansión, cada día que pasa, la tensión se vuelve más densa... más peligrosa. Entre celos, heridas, confesiones a media noche y besos que no debieron existir, lo inevitable comienza a florecer:
un amor violento, prohibido, imperfecto... pero imposible de apagar.
Un romance donde ninguno es del todo víctima, ni del todo verdugo. Donde él la quiere poseer, y ella quiere entender por qué su corazón late más fuerte en una jaula que en un altar.
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