Los Hargreeves siempre habían sido una familia complicada, pero entre Gala y Lucas, la tensión era casi una leyenda dentro de la academia.
No eran hermanos de sangre; ambos habían sido adoptados por Reginald Hargreeves, pero eso nunca suavizó lo que sentían el uno por el otro.
Eran opuestos. Eran iguales.
Y por eso se chocaban.
Desde que eran chicos competían por todo: por quién dominaba mejor sus habilidades, por quién resolvía antes las misiones, por quién llamaba más la atención de los demás.
Lucas era explosivo, orgulloso, con un poder que podía derribar paredes solo con un gesto.
Gala, en cambio, era estrategia pura: silenciosa, rápida, peligrosa, capaz de manipular sombras como si fueran parte de su respiración.
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