Nunca habría dicho que la vida se escurría entre los dedos, como un torrente de agua apresurado, y que los años se desvanecen con la rapidez de un suspiro profundo. Sentir que nunca es suficiente, aunque hayas dado todo de ti, que los logros alcanzados nunca colman por completo el vacío interior, que nunca te sientes verdaderamente satisfecho con lo que has logrado, a pesar de que el mundo, desde afuera, te ve como quien ha alcanzado todas las metas. ¿Qué me faltaba para sentirme plena, para hallar consuelo en la vida que había construido?
Veintisiete años de existencia, los dos últimos transcurridos en un continente lejano, apartada de mi hogar y de todo lo que conocía. Los estereotipos que se forjaban a mi alrededor, vistos desde fuera, proyectaban la imagen de una mujer exitosa, rodeada de lujos y de todas las comodidades que uno podría desear. Eso pensaban todos, especialmente mi familia, orgullosa de lo que creía haber conseguido. Pero, a pesar de todo eso, me faltaba algo, esa sensación de felicidad completa que nunca lograba alcanzar.
¿Qué era lo que realmente necesitaba para sentirme saciada, para hallar en mi vida esa paz que tanto anhelaba?
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