A inicios del siglo XV, los elfos eran considerados la joya más antigua del mundo: eternos, bellos, sostenidos por dinastías tan rígidas como los cimientos del tiempo. Cada criatura nacía con una marca de nacimiento: un símbolo geométrico (cuadrado, círculo o triángulo) que revelaba la esencia de su vida pasada. Era también su punto débil, su sentencia si caía en manos enemigas.
La Guerra de Shollpher arrasó con la primera generación de élites mágicas. Allí, falleció Luccas, el heredero de Los King.
Para no extinguir la línea gobernante, nacieron los nuevos príncipes: Alistair, James, Charles.
Cuando cumplieron diecisiete años, fueron obligados a conocer a doncellas de sangre ilustre. La más codiciada era la Dinastía Crown, dueños del conocimiento de la luz antigua.
Entre ellas estaba Arcadia Crown, una joven criada bajo la etiqueta de la "dama perfecta": dócil, obediente, educada para complacer. Pero Arcadia era otra cosa... fuego debajo del hielo. No era maleable, no era sumisa, no creía en los destinos impuestos y, lo más peligroso: no creía en el amor predeterminado.
El elegido: Alistair King.
Ambas dinastías exigieron que concibieran al menos cinco hijos. Arcadia se negó con orgullo feroz. Y Alistair, fiel a su carácter noble, la respaldó: jamás la obligaría.
Pero, como en toda tragedia hermosa, el destino los sorprendió.
Tras una fiesta en el Palacio del Este, Arcadia quedó embarazada.
En medio de ese torbellino íntimo, el mundo exterior empezó a crujir: rumores de una nueva guerra crecían. El castillo Crown fue el primer ataque.
En una noche de ceniza y fuego, Alistair arriesgó su vida. Sin embargo, entre tanta desesperación, el bebé de Arcadia decidió nacer.
Y mientras las paredes del castillo se derrumbaban, nació un llanto que cambiaría el reino para siempre.
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