Se conocieron siendo niños, cuando el mundo aún cabía en una calle sin salida y en las tardes largas de verano. Crecieron compartiendo secretos a media voz, apodos inventados y el tipo de silencio cómodo que solo existe entre quienes no necesitan explicarse.
Uno de los dos empezó a notar que su pecho cambiaba cada vez que el otro sonreía. No fue de golpe, fue como la marea: lento, inevitable. Y un día, con las manos frías y la voz quebrada, se confesó.
El otro se asustó. No por falta de cariño, sino por miedo a romper lo único que sentía seguro. "No quiero perderte", dijo, y en esa frase cabía tanto el rechazo como el ruego. Se separaron. No con pelea, sino con esa distancia que duele más porque es voluntaria.
Pasaron años.
Uno se fue a la deriva: trabajos que no alcanzaban, noches sin dormir, la sensación de correr detrás de algo que siempre se alejaba un paso más. La vida le pasó por encima y le dejó cicatrices visibles y otras que no.
El otro se fue tras sus sueños y los alcanzó. Tuvo lo que la gente llama "éxito": metas cumplidas, una rutina estable, una vida que en fotos se veía perfecta. Pero a veces, en medio de todo, sentía un hueco con nombre propio.
¿El destino quedra que estén juntos?
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