Club Halcyon ©

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WpMetadataNoticeLast published Thu, Jun 25, 2026
Elías nunca sospechó que un empleo pudiera ajustar las costuras de su paciencia como si alguien, desde un rincón invisible, tensara los hilos solo para oírlo crujir. Aun así, acudía cada día con una disciplina casi ritual: aprendía rápido, absorbía instrucciones, se plegaba a la dinámica del lugar sin desentonar. Para la mayoría, era sencillo aceptarlo. Rowan, en cambio, tenía un talento meticuloso para torcerle el ritmo. No necesitaba gritar, ni humillar, ni demostrar nada; le bastaba un gesto apenas desplazado, una instrucción dicha dos segundos después de que fuese útil, un comentario disfrazado de precisión técnica que, al ejecutarlo, lo dejaba expuesto ante todos. Era un sabotaje silencioso, quirúrgico, calibrado para que nadie pudiera acusarlo con certeza. Nadie entendía por qué lo hacía. Nadie, excepto él mismo, que cargaba con una certeza tan incómoda como innegociable: su presencia le alteraba un territorio que llevaba años moldeando a su manera. No era miedo, tampoco celos; era una especie de alarma antigua que se le activaba cada vez que cruzaba una puerta, respondía una pregunta o abría la boca para ofrecer ayuda. Una alarma que prefería sofocar destruyendo la fuente antes que admitir su origen. Porque había una diferencia que ninguno decía en voz alta pero que definía todo: Uno pertenecía al lugar y el otro solo había sido permitido entrar.
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―Me puedo acostar diez veces contigo y no enamorarme de ti― se sinceró con un tono cauteloso y rajatabla. No quiso ser grosero ni ofender su orgullo de mujer, pero habían límites que incluso el hombre más santo no podría cruzar. Olivia solo pudo sonreír a la vez que volteaba los ojos. Esa no era su meta, la pelirroja y el amor era algo que estaba cancelado. ―Entonces hagámoslo, diez veces― acordó Olivia, colocando un mechón detrás de su oreja puntiaguda. Santiago estaba cuestionando el juicio de la pelirroja, esa mujer no hacía sentido, no podía pensar en ella de esa manera tan íntima que había compartido con unas pocas mujeres. Aunque fue espontaneo, la elocuencia de Olivia lo hacía dudar sobre la veracidad del momento, ¿acaso ella pensaba en él de esa forma? Si sus mentes estuvieran conectadas ella le contestaría: no, en lo más mínimo.

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