Cuando todo empezaba como un gran año, uno de esos donde esperaba victorias, sorpresas increíbles y días llenos de felicidad, de un momento a otro todo se volvió oscuro. Cosas que pensé que jamás viviría -ni hacer ni pasar- estaban ocurriendo una tras otra, listas para convertirse en mis próximos traumas y en lamentos llenos de arrepentimiento. Mis días, antes coloridos, iban perdiendo brillo, y yo me iba acostumbrando a esta estúpida y nada merecida mala suerte que ya hasta preocupaba. A veces sentía que incluso la contagiaba...
Parecía que estaba pagando un karma. ¿Por qué? Ni idea. Nunca le hice daño a nadie. Nunca me metí con nadie. Pero el universo decidió castigarme como si terminar con mi ex hubiera sido el peor error de la humanidad. Y lo peor: al desgraciado le iba mejor que a mí. Aún después de todo lo que pasé, nunca le deseé el mal a nadie.
Mi año de mierda estaba por terminar, y yo sentía que me moría desangrándome entre tantos problemas que caían encima una y otra vez. Aun así no me rendía, aunque rendirme fuera mi deseo más profundo y a la vez el más lejano. Siempre me repetí que todo era temporal. Incluso cuando la peor desgracia empezó, cuando la amenaza de ser expulsada de la universidad se volvió real, me atreví a decirme: "tranquila, todo estará bien", como si eso fuera poca cosa.
A pesar de todo, esperaba el final. El fin de ese año. El inicio de algo nuevo. Y rogaba que fuera bueno, o al menos mejor... una mínima señal de que algo, por fin, se iba a solucionar.
Y bueno. Al final es cierto ese dicho: después de la tormenta sale el arcoíris.
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