Juudai sabía que estaba dando el primer paso correcto, por más torpe y doloroso que fuese. No había hallado fallas en su decisión; al menos, ninguna que estuviera dispuesto a permitir que lo detuviera. Tenía que ser valiente. Tenía que seguir avanzando. Sus padres lo necesitaban y, aunque le doliera admitirlo, parte de la tragedia que los había separado caía sobre sus manos... un precio que aceptaba pagar, como si fuera un último juicio inevitable.
Porque no podía negar lo ocurrido: había sido él quien, desde las sombras, había movido los hilos del llamado «Teatro del Mal», aquel escenario donde los destinos se torcían y los errores se repetían como una canción prohibida. Su intervención había precipitado la caída del Reino de los Duelistas y, con ello, la fractura de su propia familia. Sin embargo, nada de eso importaba ahora. El pasado era una máscara que ya no podía quitarse; lo único relevante era encontrarlos... y enfrentarse al desenlace que él mismo había escrito sin comprenderlo.
Claro que buscarlos no sería sencillo. Tenía ante sí un continente entero, plagado de historias rotas, profecías ambiguas y ciudades que parecían salidas de un viejo manuscrito. Podría haber usado la Black Box, ese artefacto que siempre susurraba respuestas a cambio de algo, como si guardara secretos demasiado pesados para un chico que todavía aprendía a cargar los suyos. Pero Juudai prefería caminar. Preferiría perderse, descubrir, equivocarse... vivir. Aunque lo llamaran vagabundo o loco, la aventura tenía un brillo especial cuando se emprendía con las manos vacías y el corazón inquieto.
Sí, definitivamente iba a divertirse con esto. Y quizás, entre senderos sin nombres y rostros desconocidos, encontrara nuevas voces para acompañarlo en una historia que aún no había sido compuesta. Después de todo, incluso en los cuentos más oscuros, siempre hay alguien dispuesto a caminar junto al protagonista... Incluso si es el mismo final.
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