Ella entró al Heraldo Negro convencida de que el club era su escenario personal: tacones que exigían ovación, perfume que anunciaba su llegada y esa seguridad absoluta de quien cree que todos giran a su alrededor. T/N no tenía cargo, ni apellido Drakov, ni una sola bala a su nombre. Pero durante dos meses se comportó como si Lucian le hubiera cedido el maldito trono por escrito. Y él la dejó. La dejó interrumpir tratos de millones, cambiar rutas de cargamento porque "tenía antojo de París" y bailar sobre mesas. La dejó brillar, exagerar, hacer de cada noche un drama distinto. La dejó creerse la protagonista absoluta. Hasta que Alexei, algo más que solo un barman, decidió que el show había durado demasiado.
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