Dicen que el mundo está dividido en dos, pero no como lo cuentan los libros.
No es "vivos" y "muertos".
Es ruido y silencio.
Mucho antes de que existieran escuelas, ciudades o nombres, hubo algo que aprendió a arrastrarse entre los dos lados. No era un espíritu ni una cosa viva; era una presión, un residuo de todo lo que la gente callaba cuando moría. Los gritos que nadie escuchó, los arrepentimientos que no encontraron dueño, los pensamientos que nunca fueron dichos.
Con los siglos, esa presión se volvió tan grande que empezó a filtrarse, arañando el mundo de los vivos hasta dejar marcas: alucinaciones, voces entre paredes, sombras que aprendieron el gusto de la sangre. Entonces los antiguos tejieron un límite.
Un límite llamado El Velo.
El Velo no separa a los muertos.
Separa lo que queda de ellos.
Lo mantiene todo contenido: los ecos, las quejas, las memorias rotas que ya no saben a quién pertenecieron. Ese mundo no tiene reglas humanas. No entiende el tiempo. No comprende la compasión.
Pero el Velo no es perfecto.
Es delgado en lugares donde la gente muere con miedo, donde la culpa se acumula, donde un alma es arrancada demasiado pronto. Y, sobre todo, es frágil cuando una mente humana toca ese lado con demasiada fuerza.
Durante siglos, el Velo se mantuvo estable. Inmutable.
Hasta que una chica que jamás debió escuchar nada,
una chica que vivía escondida, invisible,
rompió un fragmento.
No fue una profecía.
No fue un sacrificio.
Fue un grito.
Uno tan desesperado que dejó una grieta.
Los que vigilan el Velo sintieron la ruptura.
Saben que alguien lo tocó.
Saben que alguien abrió algo que debía permanecer dormido.
Y aunque Cora Hale lleva toda la vida escondiéndose,
toda la vida evitando ser vista,
toda la vida jurando que no quiere nada ni a nadie...
Esta vez, Cora cambió algo que jamás debía moverse.
Y ahora, algo -y alguien- viene por ella.
¿ Quién mató a Isla Fenn? ¿ Quién es Cora Hale?
Algunas preguntas, a v
Amaya tenía catorce años cuando la acusaron de matar a su hermana pequeña, Lucía.
Tres años después, sale del centro de menores para enfrentarse a un mundo que la marcó como culpable... aunque ella sigue jurando que es inocente.
Su libertad vigilada la obliga a vivir en la casa del comisario que investigó su caso -el mismo hombre que ahora es pareja de su madre-.
Jota, hijo mayor del comisario e inspector de policía, no confía en ella. Hará todo lo posible por mantenerla alejada de su hermana pequeña, Lía.
Pero cuanto más la vigila, más difícil le resulta decidir si quiere mantenerla lejos... o más cerca.
Cuando un antiguo caso policial vuelve a despertar y las sombras del pasado amenazan con salir a la luz, Amaya y Jota descubrirán que la verdad puede ser tan peligrosa como lo que sienten.
Porque a veces, la verdad puede unirlos...
o destruirlos para siempre.