Distrito Federal, México, 1978. Mejor conocida como la Ciudad de los Palacios; lugar donde sus calles guardan secretos de amantes prohibidos y de sangre de gente cuyo único delito fue amar de manera diferente.
Son calles donde la primavera pasa desapercibida entre los árboles de jacarandas y donde la juventud paga caro el precio de ser joven e inexperto. La vida es un lapso demasiado corto comparado con la eternidad, y la juventud es apenas una pizca de este tiempo. Es un periodo tan breve que no nos damos cuenta de que estamos en la mejor etapa para amar y ser amados, de llorar, reír, sentir, descubrir y ser descubiertos.
Al igual que la primavera, la juventud pasa tan rápido que apenas nos detenemos a observar la belleza y singularidad que hay en ella; en especial si esa juventud es perseguida por la oscuridad de la muerte. La vida es injusta con aquellos adolescentes con alguna enfermedad no detectada a tiempo; sin saberlo, llevan dentro un reloj con una cuenta regresiva a la que no le importará si recién iniciaban su florecimiento: el invierno llegará para llevárselo todo.
La primavera acaba y, después de su muerte, solo queda el eco de lo que fue. Ninguna primavera volverá a ser igual, ni tampoco los corazones latirán al mismo ritmo ni con la misma intensidad. En una ciudad llena de prejuicios, el amor muere entre murmullos y miradas discretas. Para Fran y Antonio, ningún febrero podrá compararse con aquel en el que, a pesar del frío, sus corazones conocieron la calidez de ser libres, aunque fuera por un instante.
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