Hawkins, 1980.
Entre casilleros golpeados, música en cassettes y tardes que huelen a verano eterno, Steven Harrington es exactamente lo que todos ven: el chico popular, sonrisa perfecta, ego alto y cero planes de quedarse en ningún lugar demasiado tiempo. Ser fuerte, para él, siempre significó no mirar atrás.
Madeleine, en cambio, vive hacia adentro. Escribe lo que no dice, guarda sentimientos entre páginas dobladas y cree -aunque le dé miedo admitirlo- que el amor puede ser un refugio. Observa más de lo que habla y siente más de lo que muestra.
Cuando sus caminos se cruzan, nada explota de inmediato.
El desastre llega después.
Steven cae. Pierde estatus, seguridad y certezas. Aprende, a golpes, que el verdadero coraje no está en verte invencible, sino en quedarte cuando todo se rompe. Y se queda. Siempre. Protegiendo, cuidando, sosteniendo incluso cuando el miedo le tiembla en las manos.
Madeleine es quien lo ve en ese proceso.
No al chico cool, sino al que aprende a amar con hechos.
Él, por primera vez, encuentra en ella un lugar donde no necesita demostrar nada.
Entre cartas nunca enviadas, silencios que
pesan más que las palabras y un mundo que empieza a volverse peligroso demasiado rápido, ambos descubren que crecer duele... pero hacerlo juntos puede salvarte.
Un romance adolescente ambientado en los años 80, donde el amor no promete finales perfectos, pero sí algo más fuerte: elegirse en medio del caos.
Y cuando Hawkins deja de ser un pueblo cualquiera, Steven y Madeleine deberán decidir si su amor es solo un recuerdo bonito... o la razón por la que vale la pena quedarse.
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