
Desde niño le repetían que era demasiado maduro para su edad, y él solo podía aceptar el comentario con una sonrisa educada, mientras escuchaba la lástima que no salía de sus bocas... pero que resonaba con claridad en su mente. -¿Por qué puedo oír lo que otros no? -se atrevió a preguntar un día. Sus padres, que llevaban tiempo distanciándose de él, apenas lo miraron. -Porque así lo quiso el destino -respondieron. Fue lo último que le dijeron antes de dejarlo a cargo de su anciana tía Angela. Angela, una mujer capaz de manipular el agua. En el mundo, los "elegidos" siempre heredaban un don. El de Saer era simplemente... incómodo para los demás. Ella lo aceptó sin dudar un segundo. A veces, mientras regaba plantas o lloraba en silencio, le tendía un par de audífonos. -Póntelos. Hoy estoy depresiva. No quiero que escuches esas cosas -decía con una sonrisa triste. Y así, en esa casita cálida que construyeron entre los dos, Saer creció. Escuchando más de lo que debía. Callando más de lo que quería. Evadiendo problemas... casi siempre. Hasta que conoció a Winter. Winter, el chico que juraba ver fantasmas. El héroe local: ayudante de la policía, buscador de criminales, salvador de vidas. El muchacho que presumía su don con orgullo. Pero solo Saer podía escuchar su mundo interior. Donde todos veían a un prodigio valiente, Saer descubrió a un niño tembloroso, con un terror profundo a la sangre, luchando por mantener en pie la imagen que todos necesitaban de él.Todos los derechos reservados
1 parte