En la brumosa isla de Jeju, donde el mar azota los acantilados y la fe parece ser el único refugio contra la soledad, llega Yang Jeongin: un joven fraile de rostro angelical y ojos que queman sin querer. Hace que su llegada desate un susurro colectivo entre las muchachas de la isla; incluso las más devotas bajan la mirada ruborizadas. Es demasiado hermoso para ser santo, demasiado humano para ser intocable.
Lim Min-ji no es como ellas. Ella entra a la iglesia con el perfume del pecado todavía en la piel, con el dinero arrugado en el bolso y el cuerpo marcado por noches que nadie confiesa. Va porque necesita creer en algo, aunque sea por una hora. Pero el día que ve a Jeongin arrodillado frente al altar, algo dentro de ella se rompe y se enciende al mismo tiempo. No es devoción lo que siente. Es hambre.
Min-ji sabe que él hizo votos.
Sabe que está prohibido.
Y precisamente por eso lo desea más que a nada en su vida.
Entre salmos susurrados y campanadas que retumban como latidos, comienza un juego peligroso: ella lo tienta con miradas que ningún confesionario podría absolver, él lucha contra un deseo que amenaza con derrumbar toda su fe.
Un amor imposible en un lugar donde hasta los pecados tienen nombre y apellido.
Donde la carne, al final, siempre termina rezando de otra manera.
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