Sin sospecharlo, Rin bebió aquello que Bachira le había ofrecido. El sabor era extraño, difícil de identificar, pero no hubo tiempo para cuestionarlo. En cuestión de segundos, un polvo blanco y escarchado surgió de la nada, envolviendo por completo a Rin como una niebla helada. Cuando el fenómeno se disipó, él seguía allí, intacto, aparentemente igual que siempre.
Sin embargo, algo no encajaba.
A sus pies, donde antes no había nada, se encontraba un intruso imposible: una versión miniatura de sí mismo, viva, consciente y tan real como inquietante. No era una ilusión ni un efecto pasajero, sino una presencia tangible que lo observaba con la misma expresión que él veía cada mañana en el espejo.
Ahora, enfrentado a esta absurda y desconcertante realidad, Rin no solo debía entender qué había ocurrido, sino también hacerse cargo de su propia réplica diminuta, cargando con una responsabilidad tan inesperada como inexplicable.
Cristina lleva tres veranos siendo la monitora perfecta del Campamento Esperanza. La que sabe dónde están los botiquines, cómo calmar a un niño que llora a las 3AM, y cómo mantener la compostura en cualquier situación.
Pero entonces llega Olivia Fernández, la nueva monitora.
Y de repente, Cristina se encuentra tropezando con sus propios pies, quedándose en blanco en medio de conversaciones, y usando el trabajo como excusa para no admitir que cada vez que Olivia aparece con esa maldita camiseta amarilla del campamento, se le olvida hasta cómo se llama.
Son tres meses. Noventa días rodeadas de niños, actividades, y un musical de fin de verano que nadie pidió. Tres meses en los que Tinho no va a parar de hacer comentarios, Laura va a ser la peor (mejor) consejera romántica del mundo, y Cristina va a tener que decidir si sigue escondiéndose detrás de su profesionalidad o si se atreve a sentir.
Porque a veces, el lugar donde menos lo esperas es exactamente donde lo encuentras todo.