Bruce y Clark no eran pareja, no eran almas destinadas, eran solo ellos. Amigos que nunca admitieron lo que sentían.
Hasta que Bruce murió cumpliendo la última misión de su vida.
La muerte de su mejor amigo desencadenó el odio reprimido del alienígena hacía los humanos, pero, sobre todo, la culpa; culpa que lo carcomía y le calaba hasta los huesos con cada respiración.
Entonces construyó un mundo donde nadie pudiera volver a tocar a Bruce Wayne, una dictadura disfrazada de orden, pese a eso, nada llenó el vacío. Porque Bruce ya no estaba, ya no. Eso pensó hasta que descubrió los multiversos.
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