En 1984, un hombre entra a un local familiar buscando refugio de la lluvia y presencia algo que nunca debió ver. No logra escapar. Lo que sigue no es una huida, sino una sentencia.
Su cuerpo termina atrapado entre metal y resortes. Su mente, rota. Desde entonces, su existencia se reduce a ataques violentos interrumpidos por breves momentos de conciencia, mientras una criatura mecánica -más animal que máquina- se mueve por pasillos manchados de sangre y música infantil.
Entre el sonido del metal forzándose y las miradas de quienes intentan sobrevivir o entender qué ocurre tras las puertas cerradas, lo que parece roto... empieza a moverse.
Desde las sombras, otros observan. Algunos callan. Otros aprovechan.
Porque cuando el metal ruge, no siempre lo hace por instinto.
A veces, lo hace por lo único que aún recuerda.
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