Desde un resfriado común hasta contagios que arrasan ciudades, el COVID-19 nació silencioso, invisible, dejando tras de sí miedo y confusión. Muchos no le temieron, y en ese momento tenían razón... hasta que todo cambió en 2040.
El virus mutó. Los humanos dejaron de ser humanos. Un hongo microscópico llamado Ophiocordyceps humanis, comenzó a retorcer cuerpos y voluntades, arrancando toda humanidad, transformando hambre en violencia pura y miedo en instinto de caza. Lo que antes se limitaba a insectos, ahora corrompía ciudades enteras.
En Santiago, La máxima autoridad del colegio Santa Rosa, Alejandra Contreras, instaló un sistema que podía sellar por completo su colegio: un movimiento y las puertas se bloqueaban; otro y se abrían. Era su orgullo, su ilusión de control y su mentira de seguridad que todos alguna vez creyeron.
Pero cuando la luz se apagó y los muros altos se convirtieron en jaulas, lo que estaba afuera dejó de ser la amenaza más peligrosa. Pues el miedo, el hambre y la desesperación comenzaron a surgir desde dentro, incitando a los estudiantes a cruzar una línea que nunca debieron cruzar.
En medio de ese caos absoluto, Alejandra es la única que puede intentar detener lo imposible... aunque ya sea demasiado tarde.
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