Livia tiene claro una cosa: no soporta a Marc.
Demasiado joven, demasiado impulsivo, demasiado seguro de sí mismo. Un niñato con ego de sobra y cero límites. Para ella, no es más que un error con piernas... uno al que debería ignorar.
Marc, en cambio, no entiende por qué esa mujer mayor, fría y afilada, se empeña en mirarlo por encima del hombro. No juega limpio y no parece dispuesta a ceder en nada. Pero hay algo en ella que lo descoloca, que lo reta, que lo enciende de una forma que no sabe controlar.
Se odian.
Se provocan.
Se hieren con palabras que pesan más de lo que admiten.
Entre discusiones constantes, miradas cargadas de rabia y una tensión que nadie quiere nombrar, la línea entre el desprecio y el deseo comienza a difuminarse. Porque a veces, el amor no nace del entendimiento... sino del choque.
Cuando el orgullo, la diferencia de edad y el miedo a sentir se cruzan, solo queda una pregunta:
¿qué pasa cuando el enemigo es la única persona capaz de hacerte perder el control?
Existen historias que nunca debieron contarse, encuentros que jamás tendrían que haber ocurrido. Dos vidas marcadas por caminos distintos que se rozan en el instante menos oportuno, como si el destino disfrutara de jugar con lo prohibido. Lo que comienza siendo un cruce se convierte en una atracción inevitable, en un fuego que nadie se atreve a nombrar.
Pero la oscuridad siempre reclama lo que no le pertenece. A su alrededor, las murallas del deber, los secretos silenciados y las verdades que nadie se atreve a enfrentar se alzan como sombras insalvables. El deseo se transforma en carga, la ternura en peligro, y cada mirada compartida es un recordatorio cruel de lo que jamás debería ser.
Esta no es una historia de lo que el amor concede, sino de todo lo que arrebata. Una lucha silenciosa contra un destino que se complace en romper lo imposible. Una historia donde lo prohibido late más fuerte que la razón... y donde amar significa, inevitablemente, perder.