La mansión respira diciembre: un aliento helado que se filtra por las rendijas de las ventanas mientras las luces del árbol de Navidad parpadean como estrellas agonizantes.
Yuzu nunca creyó posible tanta luz.
Miraba a Mei acunando a Miyu frente al árbol de Navidad, y el mundo entero se reducía a ese instante: las luces de colores tejían coronas en el cabello azabache de Mei, iluminando su perfil cansado pero sereno, mientras el reflejo de las bombillas danzaba en los ojos curiosos de la bebé. El árbol, cargado de esferas imperfectas y estrellas de cartón arrugado por pequeñas manos, parecía un santuario de ternura. ¿Cómo había merecido esto? Se preguntaba Yuzu, sintiendo el nudo cálido en su garganta.
Miyu agitó un puño hacia las luces, emitiendo un gorjeo que sonó a villancico puro, y Yuzu supo que jamás había entendido la palabra "plenitud" hasta ahora: con el aroma a leche y pino envolviéndolas, el calor de los cuerpos cercanos, y el futuro brillando en cada bombilla parpadeante.
La felicidad, comprendió, no era un regalo envuelto en papel brillante.
All Rights Reserved