Al cumplir dieciocho años, Maraly es enviada por sus padres a una academia lejos de todo lo que conoce, justo cuando algo extraño comienza a manifestarse en su interior.
Sola en un lugar donde nadie la conoce, Maraly cree que el mundo la ha olvidado.
Lo que no sabe es que su llegada no fue casual.
En su primera noche en la academia aparece Alexander: un joven de apariencia rígida, de vestimenta poco común, que le ofrece un nuevo hogar y la oportunidad de empezar de cero, dejando atrás su pasado.
Pronto, Maraly descubre que Alexander no está solo y junto a él existen Jacob y Charlotte que al igual que ella, cada uno posee algo que los separa del resto de la humanidad:
Ellos no envejecen.
Ellos no mueren.
Y cada uno controla un elemento diferente.
Durante siglos, antes de la llegada de Maraly, los tres elementos han vivido ocultos, convencidos de que su única misión era contener el daño que los humanos causan al planeta.
Pero estaban equivocados.
La llegada de Maraly despierta algo que había permanecido dormido desde el origen de los elementos: un ser que nunca pudo existir por completo hasta ahora.
Un ser inmortal conocido como el Parásito de la Eternidad, ha sobrevivido alimentándose del odio, la destrucción y el desequilibrio que los humanos causan a la Tierra, creciendo en silencio y esperando, permaneció atrapado en un estado incompleto, incapaz de manifestarse físicamente mientras los cuatro elementos no estuvieran completos.
Maraly es la pieza que faltaba.
El fuego que ella porta es distinto: el único capaz de romper el vínculo que une a los otros tres elementos y permitir que el parásito absorba su inmortalidad.
No busca destruir el mundo, su objetivo es peor: convertirlo en un reino muerto, estable y eterno, donde nada cambie y solo él exista.
La Tierra no está siendo destruida por los humanos.
Está siendo preparada.