Fue difícil al principio. La primera impresión siempre es la más peligrosa: el entorno te observa, te mide y decide si perteneces.
Evan lo sintió desde su primer día en el colegio. Nuevo, nerd, demasiado consciente de sí mismo, los pasillos parecían cerrarse a su alrededor. Adam era lo contrario: popular, seguro, dominante, siempre acompañado de Rose, su novia, como prueba de una normalidad demasiado perfecta.
Los conflictos empezaron por ella, o eso decían. Miradas tensas, palabras afiladas, empujones prolongados. Pero Evan entendió pronto que Rose era solo la superficie. El verdadero problema era cómo Adam lo miraba cuando nadie más lo hacía, como si lo estudiara, como si lo reconociera.
El miedo llegó antes que el deseo. Evan lo sentía en la piel, en la anticipación de cada encuentro. Adam aparecía en lugares vacíos, hablaba en voz baja, invadía su espacio sin tocarlo. Y Evan odiaba notar que su cuerpo reaccionaba, que una parte de él quería acercarse pese al peligro.
Fue Evan quien habló primero, cuando la tensión se volvió insoportable. Un límite. Un acuerdo. Así nació el pacto de inocencia: no obsesionarse, no cruzar líneas, no mirarse demasiado, no tocarse. Una forma de sobrevivir. Adam aceptó con una sonrisa que insinuaba que los pactos existen para romperse.
Rose seguía ahí, ajena al verdadero acuerdo sellado en silencio.
Pero el pacto no trajo calma, sino vigilancia. Cada gesto se volvió consciente; cada roce evitado, más intenso que un contacto real. Evan vivía entre el alivio y la tortura, temiendo romper el pacto y temiendo aún más descubrir que ya lo estaban rompiendo solo con pensarse.
La inocencia no los salvaba. Solo alargaba la espera.
Y Evan empezó a sospechar que algunos pactos no evitan el horror; solo aseguran que, cuando llegue, sea imposible escapar.
Todos los derechos reservados