Kenzie y Adrián se reencuentran cuando el tiempo ya los ha cambiado lo suficiente como para parecer extraños, pero no lo bastante como para dejar de reconocerse. Desde niños compartieron silencios, curiosidades y una conexión que nunca supieron nombrar. Ahora, frente a frente otra vez, descubren que siguen siendo opuestos... y peligrosamente iguales.
Ella es curiosa por naturaleza: dibuja, pinta y escribe como una forma de sobrevivir al mundo. Ama aprender lo que no sabe, perderse entre libros de medicina, biología y teorías que la llevan a imaginar futuros distintos: ingeniería industrial, genética, cualquier camino donde el conocimiento sea infinito. Aunque su apariencia delicada hace pensar lo contrario, Kenzie también ama el lodo en las botas, las rutas 4x4, el senderismo, los pueblos mágicos y los lugares abandonados; le atrae lo remoto, lo que guarda historias.
Adrián, en cambio, vive en movimiento. Practica skate y ciclismo, siente fascinación por el cerebro humano y sueña con estudiar neurología. Cree conocer a Kenzie a través de lo que ve: su ropa, sus cuadernos, su forma suave de hablar. Por eso piensa que ella preferiría una cafetería tranquila o una ida al cine, sin imaginar que esos mismos caminos polvosos y exploraciones que él ama también la llaman a ella. Ambos comparten más de lo que creen, pero el miedo -a no encajar, a no ser suficientes, a romper lo que ya existe- se convierte en la barrera que nunca se atreven a cruzar.
"¿Sabías que el baile es amor? Sabes que es amor cuando los espectadores sienten ese calorcito en el pecho y lloran sin saber por qué. Ahí sabes que ellos se aman."
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