
La brisa golpeó sin piedad su rostro, volando los mechones negros que caían sobre su frente; los árboles se balancearon de un lado para otro y los fuertes relámpagos hicieron retumbar todo a su alrededor. Lentamente la lluvia cayó golpeando sin piedad su cuerpo, cubriéndolo en un manto frío y gélido, deslizándose poco a poco y sin pudor alguno por cada parte de su ser. La oscuridad de la noche y la violenta brisa fueron, irónicamente, una precisa representación de su más salvaje y despiadado estado mental. Sus pestañas bajaron lentamente, escondiendo la crueldad e indiferencia. Lo que parecían ser lágrimas se deslizaron camuflándose con las feroces gotas de agua que competían por ver cuál dejaba su pálida piel primero. Sacó su lengua y la pasó lentamente por sus labios dejando atrás una desenfrenada sonrisa. La comisura de sus labios se estiró poco a poco, una apenas audible risa salió y, al compás de la lluvia, se convirtió en una escalofriante carcajada que resonó incluso más fuerte que el incesante llanto de Dios. Levantó sus brazos y los extendió a su lado; levantó la cabeza y se dejó golpear por el agua. Sus sombríos ojos grises se cerraron y una sonrisa escalofriante se posó en la comisura de sus labios, como si para él todo a su alrededor fuera una gran burla creada por su Dios. La corriente de agua fluyó a sus pies llevándose consigo la vibrante sangre que goteaba de cada parte de su cuerpo, desapareciendo a lo lejos como una hermosa cascada carmesí. -Mira lo que me has hecho hacer, Padre... No había ninguna pena ni tristeza en sus ojos, simplemente diversión y locura. Un escalofriante vacío que penetraba el alma de todo ser. La personificación de una alma errante que había sido abandonada hace ya mucho tiempo. -Si he de pagar mis pecados, entonces que tus lamentos suenen hasta el último de tus suspiros -susurró lentamente. Padre, tu Dios te ha abandonado.Todos los derechos reservados
1 parte