Gabriel Thatcher Lancaster es la autoridad máxima en el Hospital Mercy Care. Un cirujano de traumatología cuya vida es un templo de masculinidad, orden, inteligencia y una frialdad que raya en lo cruel. Su regla de oro es simple: nadie perturba al jefe de la sala de urgencias, ni su trabajo como doctor. Por eso, cuando la enfermera Stella Sullivan Valencia derrama café sobre su impecable camisa Tom Ford, Gabriel no solo ve un accidente; ve un objetivo al que debe destruir.
Al principio, la misión de Gabriel es clara: sacarla de su hospital. Stella de origen latino, humilde, divertida y con una inteligencia emocional que choca directamente con la arrogancia de su jefe. A pesar del asedio constante y de que Gabriel la expone ante cada error, ella resiste con una entereza estoica. Stella no solo sobrevive a sus ataques; se supera y le devuelve la mirada sin miedo.
Sin embargo, en el Mercy Care, el odio es un vecino muy cercano del deseo.
Lo que comenzó como una guerra de poder, paulatinamente comienza a mutar en algo mucho más peligroso. Para Stella, Gabriel se convierte en una adicción prohibida; un hombre lleno de red flags ante el cual su cuerpo no deja de sucumbir. Para él, la necesidad de despedirla se transforma en la necesidad de poseerla.
El punto de no retorno llega una mañana en el ascensor. Al ver a Stella entrar despeinada y con la piel aún húmeda, algo en el doctor despierta para siempre. La animosidad se pudre hasta convertirse en una oscura y perversa obsesión. Gabriel ya no quiere que Stella se vaya. Ahora, quiere que sea suya, bajo sus reglas y bajo su control.
Él es el jefe de la sala de urgencias. Ella es la dueña de su obsesión. En el Mercy Care, la medicina salva vidas... pero el deseo puede destruirlas.
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