CRÓNICAS ANTIGUAS
El origen de Salrath y el éxodo hacia Armanín
Antes de Armanín.
Antes de la Corona.
Antes incluso de que la memoria aprendiera a callar.
Existió Salrath.
Un continente áspero y antiguo, formado por vastos desiertos de arena roja y piedra blanca, donde solo tres oasis sostenían la vida. En torno a cada uno de ellos surgió un pueblo, distinto en costumbres pero unido por una misma raíz: la palabra dada y la memoria compartida.
En el oasis central, donde el agua brotaba más profunda y el viento parecía recordar nombres antiguos, se alzaba el corazón del Reino. Allí gobernaban los Reyes Antiguos, conocidos por todos como Ka'Ran y Ka'Sanra.
Sus doctrinas eran rectas, inquebrantables: el orden debía proteger al pueblo,
la memoria debía guiar al poder,
y ningún Rey estaba por encima de lo que el pueblo recordaba de él.
Bajo su mandato, Salrath conoció la paz.
No una paz perfecta, sino una paz sostenida por el equilibrio.
De su unión nacieron dos hijos:
Vhalmyr Drakenhold, el primogénito,
y Ahalndyr Drakenhold, el menor.
Vhalmyr creció observando, escuchando, aprendiendo el peso del silencio y la responsabilidad del mando. Ahalndyr, en cambio, creció mirando el mundo como algo que debía ser dominado antes de que lo traicionara.
Pero el equilibrio se quebró.
Ka'Sanra abandonó el trono.
Allí se unió a un noble del linaje del mar y la palabra.
De esa unión nació Saeloria Thalassar.
Desde su nacimiento, Saeloria fue distinta.
No heredó el trono, ni la espada, ni el derecho al mando.
Heredó algo más antiguo:
la capacidad de escuchar lo que no se decía.
Mientras Vhalmyr era formado como heredero,
Saeloria creció entre relatos orales, cantos del agua y memorias no escritas.
Cuando finalmente se conocieron, no fue como príncipes, sino como extraños.
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