Viví durante décadas en absoluta soledad.
Sin compañeros. Sin nombre.
Los de mi especie no tenemos amigos: somos el rugido que nadie quiere escuchar, la sombra que no pide ser recordada. Rocadragón era mío. El viento, la sal y las cuevas conocían mis pasos y mis alas. Nadie me llamaba, y yo no deseaba ser llamado.
Una noche oí rumores humanos: antorchas, voces, el llanto de una cría. Decían que había nacido una princesa. No me importó. Los nacimientos humanos son tan breves como las mareas, y yo seguí volando entre la bruma, ajeno a todo.
Pasaron inviernos. Pasaron primaveras.
El tiempo de los dragones es lento y pesado.
Hasta que Rocadragón tembló.
Nuevos rugidos llenaron el cielo: jóvenes, torpes, arrogantes. La familia real había llegado. Gruñí. Había menos cielo, menos sombras, menos soledad. Yo no quería compartir mi mundo.
Y entonces la vi.
Era pequeña, frágil frente a la isla que la rodeaba. Cabello claro, rasgos valyrios, jugando sin saber que estaba siendo observada por algo que había visto caer imperios. Nuestros ojos se cruzaron, y algo latió en mi pecho. No era hambre. No era furia. No era fuego.
Le rugí para ahuyentarla.
Ella no huyó.
Caminó hacia mí, riendo, y me llamó miedoso. Yo retrocedí. No por temor, sino porque por primera vez en más de ochenta años deseé no estar solo. Sentí el impulso absurdo de proteger, no de destruir.
Desde entonces la observé en silencio. Aprendí su risa, su calma, su forma de escuchar el mar. Cerca de ella mi fuego dormía y mi sombra se suavizaba. No era mi jinete. No era mi dueña.
Era algo peor.
Algo prohibido.
Anhelo.
Y comprendí la ironía final, la más cruel de todas:
¿qué clase de maldición es esta...
que incluso un dragón puede enamorarse?
- Grey Ghost
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