Los copos rojos
En Valenrook, la Navidad siempre fue sinónimo de silencio forzado. Las luces se encienden para ocultar el miedo, los villancicos se repiten como plegarias vacías y las puertas se cierran antes de que caiga la noche. Nadie habla del invierno de 1946. Nadie menciona la primera nevada roja.
Este año, la nieve vuelve a caer teñida de sangre.
Los copos no se derriten ni se manchan en las manos: se adhieren a la piel, se clavan en los pulmones y dejan un frío que no mata de inmediato, sino que espera. Con cada noche, el pueblo pierde algo más que personas. Se pierden recuerdos, rostros olvidados, nombres borrados de las fotos familiares. Los árboles de Navidad se marchitan desde dentro y los regalos aparecen abiertos, llenos de símbolos tallados en carne y madera.
Los desaparecidos no están muertos. Están ofrendados.
Bajo la iglesia, sellado por rezos mentirosos y promesas rotas, yace el pacto que sostuvo al pueblo durante generaciones: cada cierto número de inviernos, la Navidad debe alimentarse. Porque lo que cae del cielo no es nieve, sino la respiración de algo antiguo, hambriento y paciente, que aprendió a vestirse de fiesta para entrar sin ser invitado.
Cuando la Nochebuena se acerque y las campanas vuelvan a sonar solas, Valenrook comprenderá la verdad final:
los copos rojos no anuncian la muerte.
Anuncian quién será recordado... y quién será borrado para siempre.
En este invierno, la esperanza no nace.
Se congela.
Nada pasa por casualidad, menos en esta historia.
Rosemary Leroy, hija de un militar y ex modelo, cuya niña salió defectuosa, enviada a un manicomio durante casi toda su vida. Y al salir de allí logran comprometerla con el hijo menor de los Uris , pero..¿Aquella niña, es tan inofensiva como parece?