A veces las historias no empiezan con miradas, sino con mensajes. No con certezas, sino con curiosidad. Esta es una de esas historias que se construyen despacio, entre silencios largos y palabras que llegan cuando pueden.
Él es reservado, difícil de leer, alguien que carga con su propio ruido interno. Ella es todo lo contrario: habla, pregunta, llena espacios. No se parecen, no se entienden del todo, y aun así coinciden en un mismo lugar: una conversación que se repite, una conexión que no busca ser explicada.
Hay una distancia presente desde el inicio. No siempre se nota, pero nunca desaparece. Las redes acortan caminos, pero también crean límites. Lo que se dice importa tanto como lo que se guarda, y lo que no se nombra pesa más de lo que parece.
No hay promesas, no hay definiciones claras. Solo dos personas intentando comunicarse en un espacio donde todo es posible y, al mismo tiempo, incierto.