A veces las historias no empiezan con miradas, sino con mensajes. No con certezas, sino con curiosidad. Esta es una de esas historias que se construyen despacio, entre silencios largos y palabras que llegan cuando pueden.
Él es reservado, difícil de leer, alguien que carga con su propio ruido interno. Ella es todo lo contrario: habla, pregunta, llena espacios. No se parecen, no se entienden del todo, y aun así coinciden en un mismo lugar: una conversación que se repite, una conexión que no busca ser explicada.
Hay una distancia presente desde el inicio. No siempre se nota, pero nunca desaparece. Las redes acortan caminos, pero también crean límites. Lo que se dice importa tanto como lo que se guarda, y lo que no se nombra pesa más de lo que parece.
No hay promesas, no hay definiciones claras. Solo dos personas intentando comunicarse en un espacio donde todo es posible y, al mismo tiempo, incierto.
París no suena igual desde que él llegó.
Los motores rugen como bestias enjauladas bajo la lluvia, rompiendo la calma de la ciudad más romántica del mundo. El asfalto quema. Las luces de neón se reflejan en los charcos, y los paparazzi hacen guardia como lobos hambrientos frente a cada hotel de lujo, cada bar escondido, cada sombra que podría ser él.
Jeon Jungkook. Campeón de automovilismo, arrogante, temido, hermoso en la forma en que lo son las tormentas eléctricas.
Kim Taehyung. Modelo codiciado en las pasarelas más exclusivas de Europa, rostro de campañas millonarias, elegante, intocable, y una belleza que no pedía atención, la exigía.
No deberían haberse conocido.
Y sin embargo, el universo decidió que se miraran.
Solo una mirada.
Un segundo.
Un latido más rápido.
Y desde entonces, nada volvió a frenar.