No fue una profecía. No fue el destino. Fue el caos. Ella se enamoró primero, como aman los hijos de Afrodita: sin miedo y sin reservas. Percy tardó más en darse cuenta... pero cuando lo hizo, fue demasiado tarde para ambos. Entre miradas que arden, celos que no saben callarse y sentimientos que crecen como una marea imposible de detener, el amor se convierte en algo peligroso. Porque él no ama despacio. Ama como el mar: con fuerza, con furia, sin saber retroceder. Y cuando un hijo de Poseidón se enamora más fuerte de lo que debería, no hay dioses que puedan salvarlos.
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