Esa misma mañana, y durante los próximos quince días, el ejército del rey Victorian II marcharía hacia las tierras de Lapher. Por decreto real, la nación de Monckterward había declarado la guerra.
El sonido de los tambores resonaba por toda la Montaña de Plata; la multitud se reunía en la plaza de la capital, Philium, mientras los demás reinos, en sus propias tierras, se preparaban para atender el llamado bélico. Las alianzas comenzaron a movilizarse y aquellos campeones, guerreros y soldados que alguna vez abandonaron la lucha blandirían, una vez más, sus armas.
Mientras tanto, los pueblos no allegados a la corona temían por sus vidas, pues sabían que, en este conflicto, no eran más que peones destinados a caer, tarde o temprano, como víctimas de los acontecimientos.
-¿Estás seguro de que la guerra es la única opción?
-Las oportunidades fueron numerosas. Que los demás reinos no hayan accedido a firmar el Pacto de Conformismo es problema suyo.
-Pero ¿acaso no sembraste esperanza en el pueblo al encomendar a ese grupo de personas la misión de buscar los cristales de Eryndor?
-Eryndor no es más que escoria. ¿Cómo podríamos creer que alguna vez esos cristales unieron a los pueblos del mundo?
-El rey Victorian I lo creía.
-Ese viejo rey carecía de cordura. Hasta en su último aliento no relataba más que falacias a su pueblo. Ha llegado la hora de que toda la tierra de Monckterward gobierne una vez más. El destino de estas tierras ya estaba escrito...
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