Ella era Micaela, hija del sur,
periodista de pasos inquietos,
con la voz que pregunta,
con el corazón que sueña.
Él era Yori, hijo de Nagano,
fotógrafo de silencios claros,
de miradas que capturan
lo que el alma no dice.
Dos mundos, dos historias,
dos países que parecían no tocarse:
Argentina y Japón,
tan lejos en el mapa,
tan cerca en su destino.
Se encontraron primero en un mensaje,
accidental, simple,
como si el universo jugara a unir piezas.
Después vino la magia:
las charlas,
las risas,
las noches que acortaban océanos.
Cuando por fin se miraron de verdad,
bajo un cerezo en flor,
Nagano los abrazó como si los conociera
desde antes de nacer.
Yori le tendió el alma,
Micaela le entregó su futuro.
Allí comprendieron
que el amor no conoce distancias
cuando está escrito en la raíz.
Y cuando creyeron haber llegado al final del camino,
descubrieron que recién comenzaba:
en sus brazos apareció Sakura,
una pequeña flor de cerezo,
puente vivo entre dos culturas,
promesa de todo lo que vendrá.
Porque esta historia no termina en ellos,
sino que se abre en ella:
Sakura - el legado.
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