Prólogo
El primer sonido fue el crujido. No el crujido de una rama bajo el peso de un paso, sino el sonido seco y áspero de la nieve vieja cediendo bajo su espalda. Abrió los ojos y el blanco lo inundó todo.
Estaba tendida. El aire era un cuchillo helado que le quemaba los pulmones con cada intento de respiración. Sobre ella, un dosel de pinos oscuros arañaba un cielo gris y plomizo. No había sol, solo la promesa de más frío. Intentó incorporarse, pero el cuerpo era una masa inerte de dolor y confusión. ¿Dónde? ¿Quién?
La respuesta no llegó. Su mente era un cuarto vacío, sus recuerdos, cenizas dispersas por un viento que no podía sentir. Solo quedaba el bosque, el silencio opresivo y una cicatriz fresca y palpitante en la muñeca que no recordaba haberse hecho.
Se levantó, arrastrando el peso de un nombre olvidado, y caminó hacia lo desconocido, buscando un rastro, una señal, cualquier cosa que la anclara a la realidad.
Pasaron los años. Aprendió a nombrar las cosas de nuevo: hogar, calidez, seguridad. Construyó una vida con ladrillos de rutina y cemento de sonrisas forzadas en un pueblo donde nadie preguntaba demasiado. Se permitió creer que el bosque había sido solo un mal sueño, una pesadilla de escarcha y olvido.
Pero el pasado, como un depredador paciente, no olvida a su presa. Una mañana, mientras el aroma a café recién hecho llenaba su cocina, un golpe seco resonó en la puerta. No era un golpe de visita, sino el sonido inconfundible de algo que venía a reclamar lo que era suyo. Y en ese instante, la chica que se había inventado a sí misma supo que la nieve se había derretido, y el invierno de su verdad había regresado.