Me encuentro aquí, sola, deslizándome en un pacto de palabras en estas finas capas de papel que durante tanto tiempo solo dos almas compartieron, pero fue demasiado peso que callar para una. Por eso, hoy te invito a adentrarte en los abismos de una mente en pena.
Mis escritos son cadenas que arrastran el peso de un alma que se desintegró. El tiempo acabó con ella como un lento veneno; se apoderó de su ser aquel que, con cada palabra, desgarró su esencia. Descubrirás cómo es amar con la ferocidad de un moribundo, entregándose al que, en su lenta destrucción, esculpió su destino en cada una de estas páginas.
El dolor llegó a ella como un poema sin rima, con notas agónicas, mientras la belleza yacía oculta entre dos corazones entrelazados en un juego desigual en la esencia del sufrimiento. Uno ama con la intensidad de un sol abrasador, mientras el otro juega en la niebla, deleitándose con las sombras que proyecta el desamparo.
Las lágrimas, como gotas que adornan un jardín marchito por la indiferencia de ese ser, cada gesto malinterpretado, fueron espinas que se clavaron en su alma, cultivando un jardín de desesperación que refleja la triste sinfonía de dos corazones que laten en diferentes compases. Y así, el dolor se transformó en un poema triste, una melodía que resuena sin fin.
La muerte se convirtió en el último acto de un retorcido amor. No preguntes cómo se volvió tan cruel, que ni yo misma sé; solo busco entender la propia mente que seda a esas inquietas voces.
¿Acaso amar demasiado puede volverte desquiciado e inquieta, retorcida mente?
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