A los doce años, el mundo todavía cabe en un salón de clases. En pupitres rayados, en recreos demasiado cortos y en miradas que duran un segundo más de lo debido. Para Lazare Antonie, la secundaria no era más que una rutina silenciosa... hasta que Jean Pierre se sentó dos filas delante de él.
Jean tenía una risa fácil y una forma de mirar que parecía preguntar cosas sin usar palabras. Lazare, en cambio, era observador, cuidadoso, de esos que sienten demasiado pero lo guardan todo por dentro.
Nunca pensó que alguien como Jean pudiera notar su existencia, y mucho menos convertirse en el centro de sus pensamientos.
Lo que comenzó como conversaciones tímidas y trabajos en equipo terminó transformándose en algo más peligroso: un sentimiento que crecía sin pedir permiso. En un lugar donde aún se aprende quién eres y qué se espera de ti, gustar de alguien como ellos no era sencillo. No cuando el miedo, los rumores y las expectativas ajenas pesan más que el corazón.
Amarse en silencio puede ser tan intenso como doloroso. Y a veces, crecer significa tomar decisiones que rompen un poco lo que somos. Lazare y Jean estaban a punto de descubrir que el amor, incluso cuando es puro, no siempre tiene un camino fácil.
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